Sucede muy a menudo, en momentos o instantes de silencio, que el universo hace visible uno de sus misterios ante mis ojos o simplemente lo cotidiano se vuelve evidente; aprender a observar y ver el mundo siempre con asombro, ilusión y misterio.
Viajo en mi bicicleta, que es lo único que en realidad puedo considerar como propio y desde ella he aprendido a contemplar la vida que sucede mientras andamos pretendiendo que todo lo que importa esta en la pantalla de nuestro teléfono.
Puedo ver dos personas que se aman, mientras el cosmos y la vida se reduce a ese cruce de miradas donde ella le pide que quede y él le dice que nunca se ira.
Observar como los padres cuidan de sus hijos, no importa si tienen todo el dinero del mundo o no tienen nada, así tengan las energías renovadas o mente pida un respiro... el amor de madre y padre no conocen de cansancio.
Los amigos que al salir de la escuela se sienten dueños del mundo, capaces de alcanzar todo lo que se propongan camino a casa; reuniendo monedas y valor para comprar cigarrillos, sentirse adultos, soñar con esa etapa nueva de sus vidas.
Ancianos, con hilos de plata sobre sus cabezas, caminando a otro ritmo, vibrando a una frecuencia distinta a la que todos solemos estar... amigos de la soledad, maestros y eruditos del silencio; cuantas historias o preguntas no tendrán para relatar, por eso siempre andan deseosos de alguien que los quiera escuchar.
El mundo se revela, el universo se hace pequeño y el tiempo fluye por los ríos de lo cotidiano... el corazón late, el alma se llena de cotidianidad y la esperanza nace de nuevo entre risas, miedos, preocupaciones y problemas.
Para seguir sintiéndome vivo,
para continuar con esto que llamo vida,
para luchar otra vez por los sueños de mi niño interior
para vivir de acuerdo a los ideales que mi madre me regalo
para amar según los preceptos de paz y búsqueda que mi padre me enseñó.
Para seguir cerrando círculos y hallar horizontes eternamente cambiantes
Mientras observo, junto a mi bicicleta, desde la luz
